Para sentirme como una niña de nuevo: un relato sobre Space Jam y Navidad

Por Julia Muñoz

Era la Navidad de 1996. Yo no lo sabía, pero sería la segunda mejor Navidad de mi infancia. (Cuando recibí el nintendo 64 fue la mejor Navidad de mi infancia pero esa es otra historia). En fin, ese día tocaba reunión familiar en casa de mis abuelos. La diferencia con otros años fue que mi papá decidió que antes de la reunión iríamos al cine. Esto constituía, claro, un secreto familiar. Yo no tenía que decirle a nadie que habíamos llegado más tarde de lo normal por ir al cine. Lo anterior hizo que yo valorara más esta experiencia y la viviera como algo fuera de lo normal. No era tan sólo ir al cine, como un domingo más. Era ir al cine en día de Navidad para ver una película que por supuesto ameritaba llegar tarde a una reunión.

La película en cuestión fue Space Jam: El juego del siglo. Para ese entonces, yo no sabía mucho de deportes en general, ni de basketball en particular. (A quién engaño, sigo sin saber, la verdad). Siempre fui muy torpe en los deportes. Sin embargo, mi primo Javier era algo así como mi ídolo para cuando salió la película. Él era bueno para el baseball, para el basketball y siempre estuvo dispuesto a incluirme en su equipo aunque supiera que yo no aportaría mucho a nuestra victoria. Gracias a él yo tenía una vaga idea de quién era Michael Jordan y del basketball. Pero claro, una vez que vi Space Jam, jamás olvidaría el nombre de Michael Jordan. En la película nos presentan a este personaje carismático, dispuesto a jugar con todos los Looney Tunes, incluyendo los que no daban una, de la misma forma como mi primo me había incluido en sus equipos. Desde aquella primera vez que la vi, en esa navidad del 96, quedé enganchada.

La película comienza con el pequeño Michael aprendiendo a volar hacia la canasta, y vemos cómo, después de alcanzar el éxito con los Bulls de Chicago, decide jugar baseball. Algo que siempre me ha gustado con cómo plantean este tránsito entre deportes es que le permiten al mismo Michael no tomarse muy en serio y reírse un poco de sí mismo. Esto parece, visto ahora, una lección fundamental. En la película vemos cómo los Monstars le dicen a su jefe que no robaron el talento de Michael porque él no es un jugador de basketball, sino de baseball, mientras que sus excompañeros de la NBA se burlan diciendo que seguro no quiere jugar con ellos al final por lo mismo. Michael sabe que no será la estrella de este nuevo deporte, sabe que los demás hablarán a sus espaldas, que otros fingirán que no se dan cuenta de sus errores, que el umpire le ayuda casi por compasión y admiración, y aun así, esto no lo disuade de intentar algo nuevo.

Por supuesto, a Michael Jordan se suman personajes con los que (yo asumo) todos crecimos. Mis caricaturas favoritas de los Looney Tunes son aquellas donde el pato Lucas es Robin Hood y Porky es el fraile Tuck, la de la ópera de Bugs, o las de Marvin el marciano. Estos personajes con los que crecí volvían a la pantalla no bajo un halo de nostalgia, como lo harían en algún estreno de hoy, sino para resolver el problema inminente de ser encarcelados en un entretenimiento barato para los clientes de un parque de diversiones. (Ojo aquí con las críticas no tan veladas). Con su irreverencia, sus locuras, sus diálogos sin sentido, todos esos personajes entrañables me permitían reírme a carcajadas como cuando Lucas (en el doblaje latino) dice “Pero maaaaaami, ¡no quiero ir a la escuela! ¡Quiero quedarme a ayudarte en la cocina!”. No sé por qué, pero siempre me reía muchísimo con los chistes de Lucas y sus diálogos en esta película no fueron la excepción.

Recientemente vi la película de nuevo y descubrí cosas que ahora disfruto mucho como adulta. Por ejemplo, yo amo con locura y pasión a Bill Murray, y amo su breve pero graciosa aparición en la película. En cambio, en 1996, la verdad no tenía idea de quién era. El personaje interpretado por Wayne Knight, mejor conocido como Newman en Seinfeld, también me daba mucha risa entonces, pero ahora no puedo dejar de asociar lo gracioso del personaje con la serie neoyorkina. Veo ahora una breve referencia a Pulp Fiction que en ese momento de ninguna manera hubiera reconocido, aunque no importaba, pues es una broma que funciona tanto si la has visto como si no. Así es como puedo decir que es una película que ha envejecido bien, pues sin importar que ya hayan pasado 24 años o que la haya visto mil veces, la película me sigue pareciendo entretenida, divertida, emocionante y emotiva. Sería la segunda mejor Navidad de mi infancia porque tuve la oportunidad de compartir el secreto de haber ido al cine a ver una buena película, y esa es una de las mejores sensaciones del mundo.


¡Comparte esta entrada en tus redes sociales!
Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter
Share on LinkedIn
Linkedin
Share on Tumblr
Tumblr

1 pensamiento sobre “Para sentirme como una niña de nuevo: un relato sobre Space Jam y Navidad”

  1. ¡Qué chulada de historia! No la de Space Jam, si no tu experiencia. Yo la vi ya más grande, dudo que haya sido en Navidad, y no es de cerca tan emotiva como para ti, por eso me agrada que lo hayas compartido.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *