La vía… ¿dolorosa? Mahler y Nietzsche: Dolor, Música y Vida

Por Demetrio Vite

I. Existir

Un vagido desgarrador: con él advenimos al mundo. No hay palabras, aun cuando los humanos presentes en nuestro alumbramiento hablen, nuestros oídos están cerrados a su modo de expresión.

Ante nuestros ojos vírgenes, solo luces y sombras. Sensaciones desquiciadas nos inundan. De inmediato la incontinencia de un primer llanto, los gritos se derraman, los pequeños miembros desesperan, torpemente buscan, ansían… ¿qué?, no lo saben. Pareciera que se afanan por sujetar algo perdido.

Nuestra primera emoción como individuos, el dolor. 

Entonces la voz de la madre, aquella oscura vibración que acompañó el desarrollo de todos los miembros, se hace presente. Un plácido destello cruza el oído. El contacto, el calor y la resonancia de aquel timbre serenan nuestro ánimo convulso.

El llanto ha cesado, pero desde entonces permanece una oscura reminiscencia de una unidad extinta. Existir, del latín ex – sistere, significa salir fuera de, permanecer fuera de su origen o causa.

II. Sileno

Se contaba entre los griegos una historia terrible, inquietante -Aristóteles se encargó de referirla en su Eudemo-. Lejos de nuestro tiempo existió un rey llamado Midas, quien para entonces tenía una sola ambición: la sabiduría. Una tarde crepuscular decidió dar caza a Sileno, el viejo sátiro, quien era reconocido en toda la Hélade por poseer lo que rey ansiaba. Midas no cesó en su búsqueda hasta que logró capturarlo. Apresado Sileno, insistió Midas que respondiese su pregunta: ¿qué es lo mejor para el hombre? El sátiro se resistió a darle respuesta alguna. Aristóteles refiere que el rey usó “toda suerte de recursos” para obligarle a confesar. Vencido Sileno, con torva voz respondió: “¿por qué me obligáis a deciros aquello que sería mejor para vosotros no conocer? […] lo mejor para todos, hombres y mujeres, es no haber nacido. Sin duda la siguiente después de esto y la primera de las cosas que puedan conseguir los hombres, pero la segunda mejor, es, después de haber nacido, morir lo más rápidamente posible.

III. Mitos

Entre los hebreos se cuenta la historia de mítico Edén. Paraíso perdido por causa del anhelo del hombre por ‘ser como dioses’. El jardín es custodiado por un ángel cuya espada flamígera sella sus puertas. Desde entonces el hombre está condenado al sufrimiento. Desde entonces la historia ha dado comienzo.Entre los griegos se cuenta la historia de Epimeteo y su famosa esposa: Pandora. Una violenta hybris sacudió el corazón de su hermano, Prometeo: el amor a los hombres le motivó a desafiar al nómos de Zeus. El Olímpico ideó su venganza. Ofrendó a Epimeteo la más hermosa mujer, cuya dote encerró en un cofre. Prometeo advirtió el engaño, rogó a su hermano no abrirlo. Todo fue en vano. Abierta la caja, en torbellino escaparon la Enfermedad, la Vejez, el Dolor y la Muerte, sellando inexorablemente el destino del hombre.

IV. Aulo Gelio

Precaria es la vida de los hombres en el devenir del tiempo. ¿Quién no ha sido estaqueado por el dolor? Que como un perro rabioso no cesa de hundir sus dientes en nuestra mermada carne. Dolor físico, dolor anímico. En medio de un tempestuoso mar naufragamos ¿es que podemos sostenernos en algo? ¿afirmarnos en tierra firme? ¿Dónde?

En el siglo II de nuestra era, existió un escritor romano de nombre Aulo Gelio. Su obra más notable son las Noche Áticas. En su libro IV, sección XIII, escribió lo siguiente:Muchos han creído y transmitido que, cuando se sufre un ataque agudo de ciática, si un flautista entona una melodía de ritmo suave, los dolores disminuyen. Esa misma idea la he encontrado recientemente en un libro de Teofrasto. También, en un libro titulado <Las epidemias>, cuenta Demócrito que la melodía de la flauta, emitida suave y melodiosamente, cura las mordeduras de víbora; y en ese libro informa que las melodías de la flauta han constituido una medicina para muchos hombres enfermos. ¡Tan grande es la contigüidad de los cuerpos y los espíritus de los hombres y, en consecuencia, también de las dolencias y de los remedios de los espíritus y de los cuerpos!

V. Kant

Alma y Gustav, dos años atrás, habían contraído matrimonio. Al poco tiempo de casados, concibieron una niña. Pronto Alma esperaba un segundo hijo. Muchísimos años después ella rememora lo que aconteció el 15 de junio de 1904. 

Toda la naturaleza florecía; las hojas susurraban, los pájaros cantaban. No sentía ningún temor. Eran las cinco en punto y las punzadas eran dolorosas. Desperté a Mahler. Se vistió y salió apresuradamente a buscar a la partera; luego hizo todo lo posible por mitigar mi dolor. Lo mejor que se le ocurrió fue leer a Kant en voz alta. Estaba sentada en su escritorio y me retorcía de dolor. El tono monótono de su voz me enloquecía; no podía entender una palabra de lo que decía y finalmente no lo pude soportar más. Pero ahora que tenía razón: la concentración mental es una manera de superar el dolor. Sólo que en aquellas circunstancias el libro había sido mal elegido; era demasiado difícil de comprender

VI. Nietzsche

Sabemos que la vida del filósofo del porvenir estuvo atravesada de dolor. Jaquecas interminables, vómitos recurrentes, noches en vela, fiebres constantes (sin contar el grave dolor del espíritu).

La filosofía de Nietzsche es filosofía de la vida. 

¿Cuánto valor se necesita, cuánta fuerza, para afirmar la vida aún en medio de terribles dolores? 

Nietzsche en el Crespúsculo de los ídolos ha escrito:En la doctrina de los misterios el dolor queda santificado: los <<dolores de la parturienta>> santifican el dolor en cuanto tal —todo devenir y crecer, todo lo que es una garantía del futuro implica dolor… Para que exista el placer del crear, para que la voluntad de vida se afirme eternamente a sí misma, tiene que existir también eternamente el <<tormento de la parturienta>>… Todo esto significa la palabra Dioniso: yo no conozco una simbólica más alta que esta simbólica griega, la de las Dionisias. En ella el instinto más profundo de la vida, el del futuro de la vida, el de la eternidad de la vida, es sentido religiosamente, -la vía misma hacia la vida, la procreación, es sentida como la vía sagrada…

VII. Mahler

Sabemos por Alma Schindler el desagrado de Gustav Mahler por el pensamiento de Nietzsche. Y, sin embargo, Mahler incluye en el cuarto movimiento de su Tercera sinfonía un fragmento de Así habló Zaratustra, la llamada Canción de la Medianoche.

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