Un elefante sentado y quieto: el cine como último testamento

Por David Muñoz

Un cineasta comuna con su obra de diferentes maneras: su película es un extracto de su alma llevado a las últimas consecuencias, la encarnación de sus miedos e ilusiones que desfilan itinerantes frente a los ojos de los espectadores. Hay un dicho: “hacer una película es como abrir una caja de Pandora, con todo lo que eso conlleva“. Un elefante sentado y quieto es la primer y última película de Hu Bo (1988-2017) como realizador y guionista. Hu, tras haberse desempeñado como escritor, decidió estudiar cine y lanzarse a rodar este filme, cobijado por el mismísimo Béla Tarr. 

La historia se desenvuelve alrededor de cuatro personajes: un adolescente con una familia disfuncional que intenta defender a su mejor amigo de un bully; una adolescente que huye de la tormentosa relación con su madre cobijandose en los brazos del subdirector de su escuela; un líder de una banda de criminales atormentado por el suicidio de un amigo cercano y un anciano cuyo hijo amenaza con llevarlo a un asilo por falta de recursos.

Los cuatro personajes son el autor mismo. La decepción, la negación, el desamor, el abandono. Los cuatro pasan por una serie de peripecias que les hacen dudar del sentido de su vida, el fantasma de la tragedia deambula entre ellos, amenazando con arrebatar cualquier indicio de felicidad en sus vidas y rompiendo sus lazos más estrechos con la realidad. Sin embargo, entre lo tangible de sus fracasos, surge una esperanza, disfrazada como una historia sacada de un cuento de los hermanos Grimm: se enteran (cada quien de diferente manera) de un elefante que vive en el lejano pueblo de Manzhouli que permanece sentado todo el día, indiferente ante la gente que intenta molestarlo.

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Conforme avanza la película, ésta anécdota va tomando un sentido cada vez mayor. Sus desventuras se convierten en un caos absoluto que los termina uniendo y que converge los objetivos de los protagonistas en uno solo: viajar a ver a éste elefante. ¿Un escape de su realidad? ¿Una excusa, sin importar cuán absurda sea, para seguir sintiendo asombro? ¿Una representación física, absoluta de la pasividad que asumen ante los problemas?

En términos de lenguaje cinematográfico, la película es prodigiosa, conformada en su mayoría por planos secuencias excelsos en su tiempo y ejecución. Las actuaciones son impecables: llenas de matices, sutilezas y momentos que te transmiten una sensación de impotencia total, siendo observador de una trama que lleva a los personajes a tomar acciones desesperadas y brutales, volviéndote su cómplice. La duración de 230 minutos espantará a algunos espectadores, pero ésta es una película que te recompensa grandiosamente tu paciencia, construyendo una tensión que parece insostenible hasta un final que te deja boquiabierto, hecho un mar de lágrimas por su belleza contenida y su mensaje tan esperanzador como lo es trágico. Cabe destacar que posee algunos errores técnicos, normales para una ópera prima; sin embargo, esos errores le dan una cualidad de diamante en bruto, una obra póstuma, un grito trunco de un cineasta que acababa de formarse.

Hu Bo se suicidó a los pocos meses de haber terminado el rodaje, tras una disputa con los productores respecto a la gran duración del filme. Tenía 29 años de edad.

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¿Hasta qué punto lamentarse por todo lo que pudo haber hecho éste director con un talento exquisito? Claramente, sus dotes como realizador iban a seguir mejorando, película con película. Desde un punto de vista personal, me quedo con la sensación de que Hu Bo dejó en ésta, su única obra, su testamento: una obra todoabarcadora que te muestra lo peor de la humanidad y, también, la más bella y pura sensación de libertad. Es una lección acerca de la depresión, las maneras en las que puedes enfrentarla: puedes enfrentarla y arriesgarte a morir en el intento, puedes huir de ella y arriesgarte a encontrar una peor o puedes ser indiferente y arriesgarte a vivir con el alma destrozada. 

El elefante es Hu Bo: etéreo, víctima de un mundo que le lanzó mil golpes, que le obligaron a quedarse sentado cuando ya no pudo más. El elefante somos nosotros: envueltos en situaciones que parecen difíciles, testigos de una humanidad que parece perderse cada vez más. El elefante es nuestro sueño: una maraña de ilusiones que parecen inalcanzables, pero que nos dan una esperanza, una razón para seguir viviendo. Una película de un hombre que filmó todo lo que tenía que decir antes de partir.


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