Notas sobre “La muerte” en Las Flores del Mal de Baudelaire (Parte I)

Por Giovanny Ariel Rodríguez Cisneros

La última sección del inmortal poemario Las Flores del Mal se titula “La muerte”, en ésta Charles Baudelaire (1821-1867) hace una aproximación poética múltiple al concepto de muerte. Lejos de lo que se piensa, morir no tiene por qué ser una concepción simple, pues existe una multiplicidad de muertes posibles en las que es posible incurrir. Comentaré, en tres partes, ésta última sección del poemario del poeta francés. A continuación, la primera parte: 

Amor y Muerte

La muerte de los amantes
Tendremos lechos llenos de ligeros olores,
divantes tan hondos como tumbas,
y en los estantes flores insólitas,
abiertas para nosotros bajo cielos más bellos.

Empleando a porfía sus últimos ardores,
nuestros corazones serán dos grandes antorchas,
que reflejarán sus dobles luces
en estos espejos gemelos que son nuestros dos espíritus.

Una tarde hecha de rosa y de místico azul,
intercambiaremos un único relámpago,
como un largo suspiro colmado de adioses;

y más tarde un Ángel, entreabriendo las puertas,
vendrá a reanimar, fiel y gozoso,
los espejos turbios y las llamas muertas.

Puede pensarse la muerte como el sueño definitivo, el más decoroso, porque aquello que se busca adornar es un cuerpo que tuvo expresión, como si las flores y la nostalgia de un momento de adioses pudieran dotar de vida a quien ya ha muerto. Sin embargo, ¿qué es aquello que resuena aún en la muerte como un relámpago? Es el amor, el amor resiste aun en la muerte, el recuerdo arde y las almas inmortales aún deslumbran en una sola, pues ni la muerte ni el tiempo pueden contra la eternidad del espíritu y de la memoria. La angustia ante la muerte sólo es terrenal, es humana; después de separarse de los cuerpos, no existirá más dolor. Ante aquel Ángel que abrirá las puertas a otro sitio, se reanimarán los espíritus: allá, del otro lado de las puertas, un nuevo mundo absoluto dotará de unidad y claridad un amor antes humano e imperfecto.

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Espiritualidad, Materialismo y Muerte

La muerte de los pobres
La muerte nos consuela, ¡ay!, y nos hace vivir;
es la meta de la vida, y la única esperanza
que, como un elixir, nos eleva y embriaga,
dándonos el valor de llegar a la noche;
a través de la nieve, la tormenta y la escarcha,
es la vibrante luz de nuestro oscuro horizonte;
es el famoso albergue del que nos habla el libro,
donde podremos comer, descasar y dormir;

En un Ángel que tiene en sus dedos magnéticos,
el sueño y el don de los ensueños extáticos,
y que hace la cama a pobres y a desnudos;

es la gloria de los Dioses, es el granero místico,
es la bolsa del pobre y su antigua patria,
¡es el pórtico abierto a los Cielos ignotos!

“¿Qué significa la muerte? Es mi consuelo” Se dice a sí mismo el absolutamente pobre. No se trata en absoluto de romantizar la muerte, pues la vida se conforma de dos vidas: la espiritual y la material, la potencia y el acto, los afectos y los cuerpos, dualidad que en caso de ser quebrantada sólo garantiza la muerte. A pesar de que el pobre tenga una vida espiritual rebosante y fructífera, todo será en vano si no se tiene alimento ni la cálida dignidad de un hogar. Soportar un día precario, frío, cuya brutalidad acuchilla el estómago, sólo es posible refugiándose en lo espiritual, acaso en el libro de Dios. Algún día, soportando, quizá sea posible comer algo y dirigir nuestra tristeza y enojo hacia aquellos que nos empobrecen: revolución; pero acaso sea más probable que al indefenso, al carente de todo, lo secuestre antes la muerte física y se dirija aún más veloz hacia su único consuelo: hacia la mística patria última de todos los hombres futuros.

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Arte y Muerte

La muerte de los artistas
¿Cuántas veces habré de agitar mis cascabeles
y besar tu frente ruin, triste caricatura?
¿Cuántas flechas he de malgastar, oh carcaj mío,
para dar en ese blanco de místico carácter?

Emplearemos nuestra alma en sutiles intrigas,
y demoleremos más de una pesada armadura,
antes de contemplar a la gran Criatura
¡cuyo infernal deseo nos llena de sollozos!

Hay quienes nunca conocieron a su Ídolo,
y a esos escultores condenados y marcados por el oprobio,
que se golpean la frente y el pecho,

no les queda otra esperanza, ¡extraño y sombrío Capitolio!
sino que la Muerte, cerniéndose como un nuevo sol,
¡haga que se abran las flores de su cerebro!

De entre todos nosotros, sin contemplar a los místicos, el único que sobreviviría luego de apreciar lo infinito, lo innominal, lo eterno y lo perfecto, es el artista de verdad; quizá sea el único que haya contemplado antes aquello que consideramos como Dios y, a pesar de ello, trabaje para expresar y acaso borrar de su memoria lo inconmensurable de esa visión. ¿Cómo puede liberarse el artista de lo que quedó en su memoria luego de haber visto lo que no podía ni debía observarse por seres imperfectos? Nosotros, humanos, hallamos liberación en la expresión, por eso el artista de genio crea, a veces, de forma atormentada, porque busca librarse de visiones más grandes de las que puede soportar, pero su creación no siempre es acertada; en la mayoría de los casos, el artista, hombre finito, tendrá problemas de expresión, pues busca expresar lo inexpresable. Su creación, el arte, tratará de acercarse a lo perfecto pero será siempre una aproximación, pues los cuerpos finitos no pueden abarcar lo inagotable.

El deseo del artista por expresar y crear demolerá todo. Lleno de vida, a veces con alegría y otras con tristeza a pesar de su vitalidad, condenará su existencia a un arte que exprese un nuevo mundo divino. ¿Se imaginan, queridos lectores, que será entonces de aquellos modestos creadores que nunca han visto al Ídolo? ¿Será por esto que andan por allí varios “artistas” destrozando sus vidas buscando algo que expresar? Quizá piensan, erradamente, que aproximándose a los caminos opuestos a la dicha sea posible “abrir sus flores”, me refiero a los caminos de la locura y la Muerte. No crear es también estar muerto.


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