La página en blanco como espacio infinito, una nota sobre Georges Perec.

Por Giovanny Ariel Rodríguez Cisneros

No hablemos, por el momento, de libros extensos, centremos nuestro pensamiento en los pequeños núcleos, en las partículas diminutas que hacen que una gran obra se sostenga por sí misma. Antes del libro como unidad, podemos encontrar en la hoja de papel el primer soporte para todo aquello que desea escribirse, y, aún más particular que la hoja, encontramos la página: de distintos tamaños e incluso colores, la página se presenta como un campo fértil, donde el artista no hace más que plasmar sus ideas de distintos modos. Viéndolo con frivolidad, la página consiste sólo en una superficie blanca, y, ante esto, todos aquellos escritores que dicen sentirse atemorizados por la pálida inmensidad del papel, nos parecen infantiles, hasta compadecernos de su inocencia. Cambiar la visión que se tiene sobre la página en blanco fue una de las tantas virtudes con las que el escritor francés Georges Perec (1936-1982) enriqueció la literatura. Ante la cuestión de la página en blanco, Perec responde de un modo pragmático, como el niño que se emociona al saber que puede armar un rompecabezas de miles de piezas sobre en una enorme mesa blanca, pues la página vacía contiene todas las posibilidades, es un “espacio” que se abre ante las infinitas concatenaciones de la creatividad, donde seguir escribiendo con simpleza, de izquierda a derecha, de arriba hacia abajo, ya no responde al ansia creativa del niño por inundar de letras cada pliegue de una página: “Escribo: vivo en mi hoja de papel, la cerco, la recorro”.

Perec considera la página en blanco como un espacio habitable, explorable, acotado en su superficie pero infinito en sus posibilidades: ante las reglas que nos impone la vida, de cuántas maneras creativas no hemos explotado nuestra creatividad para burlar las limitaciones de la existencia. Es así como la página vacía de Perec es un espacio limitado y rico a la vez, como la vida misma: un acomodo de objetos podría ser infinito en un espacio limitado, según quien lo habite, según el artista. Espacio delimitado y neutro que deviene en un infinito capaz de ser vivido. Podría entenderse, según Perec, al escritor de vanguardia, al poeta, como un arquitecto cuyos cimientos de una futura obra por habitar se sostendrán en una acotada página en blanco.

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Sabemos ya que el espacio del escritor es digno de ser habitado desde una multiplicidad de formas que corresponden a su creatividad; sin embargo, ahora la cuestión se centra en los modos: ¿cómo habitar un espacio creativo, un espacio literario? “Así comienza el espacio, solamente con palabras, con signos trazados sobre la página blanca”. Para Perec, el espacio adquiere un sentido según las palabras que lo habiten, así como el dibujo lo adquiere cuando sus primeras líneas irrumpen entre la blancura. Cualquier palabra basta para romper el silencio de una página, y, en ocasiones, ni siquiera importa la palabra misma, sino el modo en que construye su espacio desde el vacío: “Antes no había nada, o casi nada; después, no demasiado, unas líneas, pero suficientes para que haya un arriba y un abajo, un principio y un fin, una derecha y una izquierda, un anverso y un reverso”, escribe Perec.

Si la mirada no puede sostenerse en un objeto preciso, entonces diremos que navegamos en el vacío; así, la palabra es la unidad mínima de espacio que nos rescata de ahogar nuestra mirada en la nada. La palabra nos retiene, genera espacios vitales: “El espacio es lo que frena la mirada”. La palabra, como habitante de un pueblo nómada, se mueve en la hoja sin territorio fijo: sólo explorando puede hacerse habitable un espacio. Entonces, ¿por qué limitarse a escribir sólo dentro de los márgenes y no hacerlo también fuera de ellos? ¿Por qué no escribir como Walsh, cuyo cuento “Nota al pie” se va desarrollando, como su nombre lo menciona, al ritmo de las notas al pie que van desplazando al relato central? Quizás aún no hemos terminado de explorar las posibilidades infinitas que nos presenta una página en blanco.

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La cuestión final radica en cómo un espacio literario “vive” al ser leído. Quizás una explicación a esto radique en la vida misma: “Vivir es pasar de un espacio a otro haciendo lo posible para no golpearse”, y la literatura imita este movimiento. Es posible desplazarse, navegar entre espacios, tomando las palabras como guías y semillas capaces de germinar en mundos inéditos repletos de vidas nuevas: “ni siquiera hace falta cerrar los ojos para que ese espacio suscitado por las palabras, espacio de diccionario únicamente, espacio sólo de papel, se anime, se pueble, se llene”. El espacio literario, al igual que la vida, no es inmutable, cambia, página tras página, y se modifica también con el tiempo, al igual que los espacios reales que nos han marcado y que observamos cómo cambian dolorosamente con el paso de los años. No obstante, el espacio literario nos ofrece una mínima esperanza, retener, mediante la palabra que lo habita, algún sitio pequeño, algún momento valioso que ha quedado marcado en nuestra memoria:

«El espacio se deshace como la arena que se desliza entre los dedos. El tiempo se lo lleva y sólo me deja unos cuantos pedazos informes: Escribir: tratar de retener algo meticulosamente, de conseguir que algo sobreviva: arrancar unas migajas precisas al vacío que se excava continuamente, dejar en alguna parte un surco, un rastro, una marca o algunos signos»

Amigo lector, te invito a reinventar tu concepción del espacio con Especies de espacios y otros libros espaciales del genial Georges Perec.


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