Friedrich Hölderlin y Johannes Brahms: Bajo la égida del Destino

Por Demetrio Vite

-I-

¡Reflexiona, Tidida, y repliégate! No pretendas tener designios iguales a los dioses, nunca se parecerán la raza de los dioses inmortales y la de los hombres, que andan a ras del suelo

Homero, Ilíada

En este monumental poema que abre el pensamiento occidental, la musa recuerda a Homero las palabras que el dios Apolo lanzó al mortal Diomedes. Aquellas que señalan el límite, la línea infranqueable que el destino ha dibujado separando eternamente a dioses y hombres. 

Solo un vientre arrastrándose a la muerte: He allí al hombre.

Funesto destino, oscura suerte le ha tocado al ser humano. ¿Quién? ¡Quién!, pregunta el ánimo desesperado, ¿quién ha dispuesto el camino del dolor, del sufrimiento y el término en la nada de toda existencia humana?

Ávidos leemos a los padres de la civilización occidental. Azorados, observamos al griego, cuya civilización fue la más bella, la más llena de vida, eternamente juvenil; en medio de toda la manifestación de una exuberante alegría, el griego posee una sabiduría trágica, sabe que, en el fondo, su voluntad está predispuesta por algo que él no conoce: a esa oscuridad la nombró Moira.

Pero el espíritu de la libertad, el mismo que exige la nobleza del ánimo, no permitió que el griego aceptara dócilmente la determinación de su propia condición. Una y otra vez leemos sus mitos y el corazón se acongoja y arde ante los nombres de Ícaro, Faetón, Ajax, Diomedes, Antígona, Edipo, Penteo, Prometeo. Figuras cuya inocente culpabilidad fue su desmedido impulso por alcanzar a hollar el reino de la dorada divinidad.  

Una carcajada cubierta de lágrimas surge al reflexionar sobre su libertad, esa misma que combatió firmemente al infranqueable destino, esa misma que fue espada para dar toda batalla; esa misma, pudo ser determinada ya por las propias moiras. 

El héroe trágico conmueve nuestro interior más profundo: En su lucha por conquistar las tierras sagradas, elevando a los hombres al divino Olimpo; en su caída, tan necesaria como su atrevimiento; en la firmeza de su voluntad inquebrantable tan fuerte que asombra aún a los mismos dioses.  

El héroe trágico el mayor símbolo del hombre, que aún en medio del dolor más terrible, afirma su voluntad aún frente a la desdentada boca de la negra muerte.

-II-

Es el año de 1868, fecha en la que Johannes Brahms ha decidido visitar a su buen amigo Albert Dietrich. De la biblioteca del amable amigo, Brahms toma entre sus manos “Hiperión o el eremita en Grecia” de Friedrich Hölderlin, publicada cerca de setenta años atrás. 

Brahms lee Hiperión frente al mar. Probablemente el personaje de Diotima le recuerde a su siempre amada Clara. Entre el frío oleaje y el destino de Hiperión, rememora los años en que parecía imposible la realización de su amor, debido al compromiso de Clara con Robert Schumann. 

Recuerda el fin trágico de su admirado maestro. Cómo se arrojó al Rhin buscando la muerte, cual Empédocles en el Etna. Un compositor y un filósofo saltando hacia la muerte, esperando ser aniquilados en las entrañas de la naturaleza más vigorosa.  El río sagrado, el Rhin, al que el propio Hölderlin cantó en diversos poemas. Mas Schumann no logró su cometido, fue rescatado a tiempo. Pero a poco siguen los terribles años de encierro, Schumman -amado maestro y rival de amor- es arrebatado por la música de los dioses, su mente ha abandonado al mundo. Dos años transcurren dentro del sanatorio hasta que la funesta muerte sobrevenga.

Una docena de años han pasado, desde entonces Brahms pudo acercarse a su fiel amada Clara. Pese a todo, Brahms recuerda el dolor y el sufrimiento por el que han pasado los tres, fieles servidores de la Belleza. ¿Por qué el sino de todo hombre es la muerte y la amargura? Aún el bello Hiperión tiene que desprenderse y perder a la noble y bella Diotima.

En la segunda parte de la novela epistolar Hiperión se encuentra el poema al que nombró “La canción del Destino”. Aquí el mismo:

¡Andáis arriba, en la luz,
por blando suelo, genios felices!
espléndidas brisas divinas
os rozan apenas,
como los dedos de la artista
las cuerdas sagradas.
Carentes de destino, como el niño
dormido, respiran los celestes;
con pudor preservado
en humilde capullo,
florece eternamente
el espíritu entre ellos, y sus ojos felices
contempla en tranquila
y eterna claridad.
Pero a nosotros no nos es dado
descansar en ninguna parte;
desparecen, sufren
los hombres, caen
ciegamente de una
hora en otra,
como agua, de roca
en roca arrojada
durante años a la incertidumbre.

Podemos imaginar la simpatía de Brahms ante la lectura de tan tremendo poema. Decide entonces componer una obra coral con las palabras de Hölderlin. Así nace “Schicksalslied” o “La canción del Destino”. Obra dividida en tres movimientos: I. Adagio, II. Allegro, III. Adagio. 

Podemos encontrar el contraste entre los dos primeros. El primer movimiento acompaña el canto del poeta describiendo la dulce calma de los dioses (correspondientes a las dos primeras estrofas), en cambio la intensidad cambia en el segundo movimiento, justo el cual el poeta describe la condición de los hombres (última estrofa). Aquí el enlace a la composición de Johannes Brahms bajo la batuta de Philippe Herreweghe:

Querido lector, ¿Sientes el esfuerzo, el arrojo, la fuerza del segundo movimiento, en suma, su espíritu trágico? (min. 8:58) Y a pesar del tormento, el mismo Brahms acertó en terminar su composición con un movimiento que acompaña gloriosamente el pecho del héroe caído.


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