Fiesta y música en el ombligo de la Luna

Por Demetrio Vite

«La verdadera alegría, que es una embriaguez y un torbellino. En el alarido de la noche de fiesta nuestra voz estalla en luces y vida y muerte se confunden»

Octavio Paz, El laberinto de la soledad.

Llegar a mediados del noveno mes en México significa encontrar los tres colores de la bandera encalados en los pliegues de ajados rostros. Las ciudades, los pueblos, las calles, las casas, los platos, las manos, la piel, todo es un lienzo donde entintar aquel triple color. Se detiene el tiempo. Si los relojes andan es por mera costumbre, ya que a los dispositivos mecánicos les es imposible medir el tiempo de la fiesta. 

Uno anda por las calles. Escucha. No falta la música de mariachi. Tal vez resuene la obra de Blas Galindo o de Moncayo por los altavoces de una sonora plaza. En nuestro recorrido, puede que nos alcance la pregunta por el nacimiento de toda esta celebración. La crítica filosófica advierte del uso político que a tales fechas se presta. Y no obstante, hay algo que le resiste, que se escapa a todo dominio: las risas de los niños, el encuentro de los amigos, la discusión acalorada, los destellos en los ojos de quien admira la explosión de los cohetes. La comunidad aparece como un relámpago. El orden se rompe por unas horas. Fiesta, calor, vivacidad, tristeza y alegría se comparten en un mismo aliento.

Las bocas ríen, besan, gritan, devoran; todas en algún momento pronuncian México. Y aquí uno se pregunta ¿qué significa ser mexicano? Uno recuerda las palabras de Guillermo del Toro que pronto lo convirtieron en meme “Porque soy mexicano”. La imagen se viralizó y sirvió para acompañar diversos actos que consideramos propios. Más la pregunta insiste ¿qué significa ser mexicano?

En el pasado siglo, filósofos, poetas y compositores abordaron la cuestión. En 1924 Antonio Caso escribía El problema de México y la ideología nacional”, donde instaba a volver “los ojos al suelo de México. Pensar la tierra sobre la que andamos. Caso abrió un sendero que Samuel Ramos retomó en 1934 al publicar El perfil del hombre y la cultura en México. Ramos se preguntó por el carácter del mexicano. Construyó perfiles, tipos psicológicos de mexicanos: “el pelado”, “el habitante de ciudad”, “el burgués”. No importaba el estatus económico o el lugar de nacimiento, en general, a causa de nuestra historia, Ramos advirtió que todos padecemos de un sentimiento de inferioridad

En 1940 Blas Galindo retoma el Son de la Negra para escribir “Sones de Mariachi”. Escuchamos su obra, y de inmediato, pensamos en nuestra tierra.

Un año después José Pablo Moncayo da a conocer su célebre Huapango. 

Composiciones que nos traen a la imaginación los bailes, los múltiples colores, listones, ondulaciones, zapatos que martillean el suelo y dan vida al polvo. Todo es alegría, juvenil encanto. Entonces podríamos indicar que allí yace el espíritu de nuestra tierra. ¿Pero esto es todo?

En 1949 Jorge Portilla, Emilio Uranga y Octavio Paz escribieron sendos ensayos sobre el ser del mexicano. El primero escribió Comunidad, grandeza y miseria del mexicano; el segundo Análisis del ser del mexicano; el tercero El laberinto de la Soledad. El último libro es el más famoso, todos en alguna ocasión escuchamos hablar de él. Pero ¿sabemos qué tremenda tesis Paz desarrolla en su ensayo?

El mexicano está atrapado, aislado, encerrado en sí mismo, es un ser profundamente solitario. Pero ¿no justo este mes demuestra la falsedad de una afirmación semejante? Lo paradójico es que no es así. Paz observa que el mexicano ama la fiesta pues es el tiempo en que puede salir de su aislamiento. Abrir la puerta por un instante. Adentro se han contenido los afectos y las pasiones celosamente. Por un corto tiempo nos permitimos mostrar al mundo lo que llevamos dentro. En la fiesta el velo se desgarra: arrojamos la tela que cubre la llaga que no cierra. La soledad por un momento abandona nuestra casa. Abiertos, toda la fuerza contenida explota. Una plaza entera alza los ojos y admira el estallido de cohetes. El cielo refleja lo que acontece entre los hombres. La violencia se abre paso. El alcohol rezuma de las mesas. Las gargantas arden. Alaridos truenan. Vida y la muerte se hermanan con indiferencia. No es casual que a mediados del siglo pasado José Alfredo Jiménez compusiera “Caminos de Guanajuato” con su célebre estrofa “La vida no vale nada”, canción que ocupa un lugar privilegiado en estas fiestas.

Construimos un enorme castillo entre nuestro interior y los otros. Yermo yace el arado de la comunidad en la continuidad de los días. Hijos de la tierra un día, huérfanos permanecemos. Ansiosos buscamos regresar a donde pertenecemos: un oscuro y frenético origen. Paz escribe:

“En el Valle de México el hombre se siente suspendido entre el cielo y la tierra y oscila entre poderes y fuerzas contrarias, ojos petrificados, bocas que devoran. La realidad, esto es, el mundo que nos rodea, existe por sí misma, tiene vida propia y no ha sido inventada, como en los Estados Unidos, por el hombre. El mexicano se siente arrancado del seno de esa realidad, a un tiempo creadora y destructora, Madre y Tumba. Ha olvidado el nombre, la palabra que lo liga a todas esas fuerzas en que se manifiesta la vida. Por eso grita o calla, apuñala o reza, se echa a dormir cien años.”

Pensando en la orfandad de nuestro espíritu. En el largo desierto que nos separa. Habrá que atender a la composición de Silvestre Revueltas, “Redes”, y cuyo clarinete [min 2:30] puede reflejar esa extraña mezcla en el humor de quien se sabe solo, y sonríe, y es amigo por un día de aquél otro desconocido con quien comparte la mesa y destino.


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