Preferiría no preferir: Bartleby, el escribiente, de Herman Melville

Por Giovanny Ariel Rodríguez Cisneros

¿Por qué nos despiertan tanta compasión los hombres solitarios y rotos, aquellos desposeídos que no disponen de nada, ni siquiera de un pasado o de un futuro probable? Ayudar es el primer gesto que nos provoca un destrozado; sin importar quién sea, la empatía permite sondear la profundidad del vacío que engendra una desgracia, ayudando a quien no podría ayudarse a sí mismo. Sin embargo, qué decir de esto en nuestra época… La selectividad de nuestra ceguera no nos permite ver a quienes están por completo desamparados. ¿Quién se hace cargo de los solos e inertes?, ¿quién empatiza con ellos?, ¿el Estado, la iglesia, nosotros? Solamente algunos pueden hablar con sinceridad sobre un ejercicio real de empatía, sólo alguien con un espíritu rico en bondad y necedad podría ocuparse de quien no tiene nada ni a nadie, hacerse cargo de un Bartleby.

A una oficina de Wall Street, llegó un copista alto, pálido y delgado, un escribiente cuya labor no será otra que copiar una infinidad de documentos legales y monótonos, tantas copias como sean requeridas por el abogado: patrón ya de otros amanuenses que no pararán de copiar y comparar, hoja tras hoja, adentro en un edificio cuyas ventanas no hacen más que apuntar hacia la gris decrepitud de más edificios citadinos. Bartleby se instala en su pequeño espacio, no hace ruido, come poco, no habla, sólo escribe, no deja de copiar en su papel con la tinta y la pluma. Sus compañeros escribientes lo miran, hablan de él pero no le prestan demasiada atención: están más preocupados por los errores que ellos cometen al copiar, por las equivocaciones que hacen en todo momento por el simple hecho de ser humanos. Sin embargo, a diferencia de ellos, Bartleby se asemeja más a una máquina triste que, reclinada sobre en su escritorio, sin emoción, sin humanidad, transcribe con tinta su desconsuelo indescifrable.

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En algún momento, el abogado pide a su nuevo escribiente comparar lo que ha copiado con el documento original; procedimiento frecuente entre quienes se dedican a esto. Sin embargo, para su sorpresa, desde el fondo de la oficina, Bartleby responde con simpleza y modestia: “Preferiría no hacerlo”. El asombro aumentará cuando, con el paso de los días, a cada tarea asignada, Bartleby responde siempre de la misma manera: “Prefería no hacerlo”, y, sin más, se dispone a seguir copiando el documento en turno. ¿Qué privilegios posee este hombre para no apoyar a los demás y no hacer más que su triste y mecánico trabajo? Entre furias y desconcierto, el abogado trata de hacerlo entrar en razón, pero es inútil, ante cualquier diálogo o argumento, Bartleby siempre preferirá no hacerlo. Absortos todos, se extrañan ante este “hombre” que prefiere no preferir nada más que su espacio solitario de oficina. No es un tipo problemático, es más bien miserable y la tristeza que emana no permite que sobre él recaigan acciones agresivas como un despido o sacarlo a golpes del sitio.

Un fin de semana, al entrar en las oficinas, el abogado nota que Bartleby está allí, que no tiene hogar y que posee sólo poquísimas pertenencias, algunos dólares, un jabón y demás cosas casi nulas para sobrevivir. Nunca ha escuchado que este hombre diga algo sobre alguien, ni familia ni amigos. Es un sujeto completamente solo y aislado de todo núcleo humano. El abogado prefiere —palabra que inunda el relato— no molestar más a su escribiente. El tiempo pasa y un día el amanuense decide que ya no escribirá más, se levanta, mísero, lento, se dirige a la ventana y pierde allí, definitivamente y para siempre, observando los asfixiantes edificios, la restante vitalidad de su triste mirada. Preferirá no hacer nunca nada más… Así, ante la compasión que despiertan quienes no tienen nada, el abogado decidirá hacerse cargo de él, intenta retirarlo, darle dinero, para que allá, en un hogar, repose su nada absoluta. Bartleby, como es evidente, preferirá no hacerlo.

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¿Con qué propósito Herman Melville (1819-1891) escribe el cuento Bartleby, el escribiente? Para demostrarnos la tristeza inmunda que invade al hombre en nuestra sociedad moderna. ¿Acaso es que no hay espacios para los forasteros de esta realidad tan avasallante y penosa? ¿Qué hacer con los incomprendidos, con los solitarios, con los depresivos, con los que no tienen un lugar fijo en el mundo? ¿De qué manera resistir este horrible sitio y la aterradora época que vivimos? ¿Cómo librarse de aquello que nos entristece hasta dejarnos inmóviles, sin palabras, sin salida? ¿Es posible preferir la alegría cuando no somos más que tristezas? ¿Cómo actuar cuando no sabemos actuar de otra manera diferente a la que dicta el mundo? Suficientes y terribles penas tienen ya en su espíritu los decaídos como para intentar orillarlos, aún más, a la fría muerte de la soledad. Ante la tristeza necesitamos ser guerreros de la alegría y la compasión, sin embargo, para esto es necesario primero percibir nuestros quebrantos: deprímete también, querido lector, que la literatura no solamente es bella porque alegra, sino porque es capaz de entristecernos por el sitio lamentable que ocupamos en el mundo. ¿Qué harías tú, amigo, si te encontraras definitivamente solo? Herman Melville narra en Bartleby, aún mejor que muchos filósofos pesimistas, lo que podría ser de nosotros ante la soledad absoluta.


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