Libros estresantes: de dictaduras & de amores

Por Isabela Robles Corona

–– Dígame, entonces, algo diferente.
–– Puedo hablarte de la luz. Cuánta de mi luz interior se la debo a él. Esa interioridad que me ha fortalecido de tal modo que hoy vivo sin vanidades, calma y alegre. Apaciguada ¿Su muerte?, me resulta una abstracción, muchas veces no la asumo. Es como si alguien se hubiera ido a vivir a Australia… La imposibilidad de entender el fin. […] me pasan cosas. Por ejemplo, los pies se me enredan en las escaleras. Me cae mal la Madre Teresa, la de Calcuta. Se me atragantan las manzanas y las cosas se me caen de las manos. Leseras, puras leseras. Y lo peor: debo terminar las frases. Con él podía dejarlas a medias…

¿Cómo empezar hablando de la guerra y terminar hablando sobre lo esencial de las cosas pequeñas, las que dan sentido a la vida, a una vida que ya no se siente como tal, después de una pérdida tan irreparable? Yo no lo sé, pero Marcela Serrano sí que lo sabe. Al parecer, ser chilena y escribir magníficamente tienen alguna relación fascinante a los mortales que las leemos con los ojos como platos ante las descripciones de objetos, de paisajes, de olores y, sobretodo, de personas. 

La Novena está ambientada en la época de Pinochet y, como muchas otras obras, te describe el horror de un país que vivía sumido en el miedo de las detenciones arbitrarias y las torturas que no eran secreto para nadie (o eso te hace creer), tal vez sea la descripción de la tragedia humana, la imposibilidad de ser completamente feliz, lo que me atrapa tanto de estos libros chilenos.

Miguel Flores, parte de la resistencia contra la dictadura militar, es relegado a un pueblito, dejado a su suerte; pero su suerte le trae a Amelia, una señora ricachona que –por azares del destino que ni el protagonista, ni el lector, se pueden explicar– termina por acogerlo en su hacienda: La Novena. Una relación que comienza con escepticismo y resentimiento a todo lo que se supone representa la vida de él y la de ella; termina por volverse una díada de complicidad y confidencias. Miguel se encuentra a sí mismo maravillado con la forma de hablar de esta anciana, que no se sabe si es muy sabia o ha leído tantos libros que terminó en una versión burguesa del Quijote, si está muy sola o simplemente decrépita por establecer un vínculo tan cercano con un relegado. 

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Las lecturas de amor no sexualizado pueden resultar estresantes; te dejan a la espera de un beso, una caricia, cualquier cachivache que reafirme la energía que se está gestando entre dos personas. Pero una descubre que, otras veces, el amor sin ese elemento puede ser hermoso y liberador, ¿cómo amar sin poseer? En esta obra vemos a dos seres que se conocen profundamente, que encuentran las virtudes más grandes de la humanidad en el otro y se preguntan cómo habría sido la vida de haberse encontrado antes.

Pero en toda buena historia de amor siempre aparecerá una traición. La defensa de Miguel Flores, sostenidamente, fue: ¿quién no es un hijo de puta a los veinte años? Sinceramente uno nunca termina de juzgar a este personaje y creo que esa es la magia más grande de este tipo de hombres descritos por éstas mujeres: te descubren, te hacen descubrirte nuevamente y, en cada etapa, muestran infinito interés y curiosidad por cada cosa que te hace ser lo que eres. Y a eso le añaden una barba y ojos fijos que te hacen quedarte prendada de sus voces siempre tersas, siempre firmes, siempre con la emoción precisa para cada historia que tienes que contarles, parece que sólo este tipo de hombres son capaces de destrozar a una mujer como Amelia, como Marcela, como Isabel. Ese tipo de hombres a los que se les perdona todo. 

Y esa es la parte que me vuelve especialmente loca de este libro; Miguel fue, efectivamente, un hijo de puta con Amelia, traicionó a una mujer que sólo le ofreció amor, uno que jamás hubiera podido conocer sin ella; pero poco le importó y, encima, por años; lo llamó deslealtad, cuando le había despedazado la vida, el cuerpo, el alma. Aún así, encuentras –porque la autora te lo pone de frente- la perspectiva que no lo pone como villano, sino como víctima de sus circunstancias, de alguna manera no estás enojadx con él aunque sientes que deberías estarlo, pero si Amelia lo perdonó ¿quién eres tú para no hacerlo también?

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Tengo serios conflictos con cómo termina este libro, pero dejaré que lo averigües y me digas si estoy exagerando, si las cosas tenían que ser así o si también te enfada un poco cómo trata el tiempo a este hombre en contraste con cómo va la vida para Amelia. Este es otro libro que llegó a mí de una forma curiosa: lo gané en 2016, por una dinámica de cierta página web mexicana muy famosa por su contenido “cultural”. En resumidas cuentas, se conmemoraba el Día Internacional de la Mujer y yo hablé de las mujeres que me inspiran: mis abuelas, mi Tata y, claramente, mi mamá. Cuando fui a recogerlo me dieron dos opciones, no puedo recordar el otro libro que ofrecían, pero la chica de recursos humanos me convenció que La Novena era el que debía tomar. No se equivocó.


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