La furia indómita de Beethoven: El creador frente al político

Por Demetrio Vite

—[I]—

El sol embravecido arde al mediodía. Los vientos del mediterráneo descargan la esencia del golfo de Corinto en las frentes de los seres humanos. Un viejo hombre yace en la tierra, sus ojos cerrados nos ocultan su insidiosa chispa; los pliegues del rostro guardan restos de sudor amargo. Cabellos grises, hirsutos ya, cubren parte de una sonrisa cincelada. Su manto escaso y raído apenas le envuelve. Para el espectador pareciera un pobre vagabundo cualquiera. 

De pronto, a lo lejos se escucha el trote de fuertes caballos, uno en particular resalta por su cabeza ancha y sus grandes orificios nasales, colosal, parecía un toro. La comitiva militar guardaba con celo al jinete de aquella bestia. Hombre cuya cabeza portaba el casco de mando, mientras que sus espaldas cubiertas estaban por el manto púrpura digno de la realeza. El general imbatible, el mismo que estaba por unificar en sus manos las diversas polis griegas, y que en unos cuantos meses irá al Oriente, esparciendo la lengua y cultura helénica por todas las ciudades que caerían a sus pies. Aquel hombre había oído hablar del amante de la sabiduría, el filósofo oriundo de Sinope, Diógenes. Su respeto por la filosofía vino de primera mano, educado por la tremenda figura de Aristóteles, Alejandro, el conquistador, el gran político, buscó encontrarse con filósofo del que tanto había oído.

Alejandro baja del caballo, erguido se acerca al anciano. Acentúa su voz, le hace saber quién le habla: el hombre más poderoso de toda la Hélade. Le hace saber de su respeto por la filosofía, entonces le ofrece a Diógenes cualquier cosa que requiera, lo que él pida, con gusto habrá de dárselo. El anciano incorpora el torso, le observa atentamente, le espeta: ‘Que te apartes, me tapas el sol’.

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—[II]—

«Nada sabemos de nuestro propio poder »  

Eugenio Trías

Habrá que distinguir al poder del dominio. En nuestra lengua es habitual confundir el sentido del primero a través del segundo. Consideramos al jefe de Estado, al superior de la empresa, al que posee una posición alta, concreta, según la jerarquía de valores de la moral existente, como el poderoso. Obnubilados, seducidos por el dominio que ejercen los hombres a otros, consideramos al poder como aquello que permite que la propia voluntad se imponga sobre las demás. 

Sin embargo, poder es creación, armonía que manifiesta el íntimo secreto de la naturaleza, que como physis da movimiento al mundo que nace y muere constantemente. En griego poietés es el creador, el productor, en nuestra lengua se traduce como poeta. Todo artista, todo gran filósofo, es un poeta en el sentido originario: un creador de entidades singulares cuya potencia admiramos a través de los siglos. 

Dominio no es poder, mas bien es la manifestación de su negación, expresión de la propia insuficiencia creadora. El sujeto dominador, al ser incapaz de mantener su sentido abierto, su imaginación fresca, desespera de lo que se le presenta a su poca sensibilidad. Ensimismado, el mundo se le presenta como un cúmulo de cosas; las personas se vuelven objetos, medios para sus propios fines. Un círculo de placer se forma: primero ansía vehementemente alcanzar el ‘objeto’ donde imprimirá su voluntad, una vez saciado el fugaz apetito, desecha al ‘medio’ aborreciendo el mismo que prodigó el fugaz olvido; entonces, el círculo sin fin girará mecánicamente sobre sí mismo.

—[III]—

Es el año de 1812, el clima veraniego favorece el arribo de personas a Teplitz, lugar de aguas termales con propiedades curativas. Aquel sitio abrigó el encuentro entre dos grandes genios: el apolíneo Goethe y el dionisiaco Beethoven. El gran poeta rebasaba los 60 años, padre del Primer Fausto, era entonces el espléndido consejero de Carl August duque de Weimar; mientras tanto el indómito hijo de la Naturaleza, había ya dado a luz, bajo terribles dolores, siete sinfonías, la octava comenzaba a escribirla, es el mismo mes en el que escribe a “la amada inmortal”.

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Dos grandes creadores que no podían diferir más en la idea del arte que poseen, eran al mismo tiempo tan similares respecto a su efervescente potencia creadora. Tanta fuerza avizora el potencial conflicto. Un día de julio, caminan los dos genios juntos por las calles, de pronto, una trompeta alza la voz. Entonces ligeros caballos aparecen haciendo girar brillantes ruedas. La comitiva real se abre paso. Beethoven toma con fuerza el brazo de Goethe, mas el poeta pronto se desprende, quitándose el sombrero va hasta donde los nobles para ofrecer su saludo. Las entrañas de Beethoven ardían. Tal gesto no pudo perdonarlo jamás al olímpico Goethe. Beethoven ofendido se aparta. En poco tiempo la nobleza atisbó a Beethoven, ellos, quitándose el sombrero le alcanzan para ofrendarle sus saludos.

En una carta a Bettina von Armin, Beethoven relata aquél encuentro: «Los reyes y los príncipes pueden muy bien hacer profesores y consejeros privados; pueden muy bien colmarlos de títulos y condecoraciones; pero no pueden hacer a los grandes hombres, a los espíritus que se elevan por encima del fango del mundo… Y cuando están reunidos dos hombres tales como yo y Goethe, estos señores deben sentir nuestra grandeza»

–[IV]–

Beethoven sabía de su propio poder. Conocía bien esa llama interior que le movía hasta alcanzar el corazón de lo eterno. Tenía plena conciencia de la futilidad y bajeza del dominio de los hombres. El enorme compositor, cuyas creaciones inflaman con nobleza el ánimo, es el mismo que escribe: «La música debe hacer brotar el fuego en el espíritu de los hombres»

–[V]–

De este modo, querido lector, cierro esta columna invitándote a la atenta escucha del compositor de Bonn. Dejo aquí dos obras suyas:

Obertura Egmont [interpretación de Herbert von Karajan] compuesta con motivo de la obra dramática de Goethe, en la que refleja la fuerza del espíritu que arrebata a Beethoven.

y el Concierto no. 5 “Emperador” [Interpretación de Leonard Bernstein, con Krystian Zimerman al piano] que es un portento a la nobleza, la sensibilidad y el esfuerzo.


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