«La casa inundada» de Felisberto Hernández: una memoria del agua.

Por Giovanny Ariel Rodríguez Cisneros

Supongo que alguna vez has anhelado detener el tiempo por temor a que un momento de amor se termine, por miedo a evidenciar que los episodios dichosos de nuestra vida son cortos, escasos y desaparecen para no repetirse siquiera de una manera aproximada a como ocurrieron. Seguramente has deseado que algunos momentos de tu vida no se conviertan en recuerdos para poder permanecer eternamente en ellos, como si de algún paraíso adelantado se tratara. Imagina la dicha de poder vivir eternamente amando a quien más amaste sin tener que preocuparse por la muerte, por la erosión de los huesos y la piel, por el fluir despiadado de las horas. ¿Cómo someter los tiempos a nuestros deseos y retener aquello que hemos perdido y que fluye como agua entre nuestros dedos abiertos, si no somos más que esporas imperfectas, finitas, que danzan, lentas, sobre las olas del tiempo?

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Debido a nuestras cortas capacidades humanas, sólo podemos limitarnos a retener en nuestra carne ciertos pedazos de duración y amor que ya no regresarán jamás, recuerdos que torpemente trataremos de guardar de diversas maneras: escribiendo un cuento, una canción, un poema o aun construyendo un monumento a los instantes que ahora se diluyen y caen, lentos, libres, oscuros, en el agua difusa de la memoria. A su manera, cada quien trata de retener aquello que amó y que ha perdido. Cada quien funda una religión propia de su pérdida; culto cuyas catedrales tendrán una altura digna según el tamaño del amor perdido. Algunos otros, más modestos, serán capaces de construir una casa para suponer cómo habría sido una vida compartida con la persona amada que ahora ha muerto; pero, ¿qué sentido tiene habitar una casa sin la presencia plena del amor?, ¿cómo llenar de recuerdos puros una casa solitaria?

Una respuesta posible a estas preguntas puede hallarse al tratar de materializar la memoria: algunos, por ejemplo, materializan su idea de esperanza mediante el trabajo y el dinero; otros hallan la felicidad en la música e inundan su soledad con sonidos; hay incluso quienes materializan su tristes añoranzas en la forma del alcohol, viajes o mascotas. No obstante, una enigmática viuda pensó en materializar la memoria de su amado en agua, inundando su muy amplio hogar con un fluir leve de corrientes acuosas, en busca de la calma y la dicha que su amado le ofreciera en otros tiempos. Sustituir su memoria con agua real.

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Cuando nos internamos en los recuerdos, como quien sumerge sus pies en agua cristalina, nos invade un sosegado consuelo al saber que al menos hemos vivido con fortuna y paz algunos momentos felices de nuestras vidas. Sin embargo, ¿es posible sustituir realmente los afectos de un recuerdo con algún elemento material?, ¿cómo liberarse del luto y de los rituales que no nos curan del dolor? Estos temas, narrados en un profundo tono de misterio y nostalgia, son abordados en el cuento “La casa inundada” del músico y escritor uruguayo Felisberto Hernández (1902-1964) —catalogado por muchos como el más grande cuentista de Latinoamérica—, un relato publicado en el año de 1960 que no ha perdido su actualidad gracias a la ausencia total del amor que puede sentirse en su prosa. No olvidemos que un cuento, más allá de lo que quiera narrar, es valioso también por los afectos que despierta en nosotros.

¿De qué manera intentas retener, querido lector, lo que ya has perdido?


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