Ferdydurke de Gombrowicz: una reflexión sobre las fugas delirantes.

Por Giovanny Ariel Rodríguez Cisneros

¿Cómo hablar de los libros inclasificables? Del Ferdydurke de Witold Gombrowicz sólo puede decirse con certeza que se trata de una novela; ni siquiera su título clarifica nada: el nombre “Ferdydurke” no tiene nada que ver con lo acontecido narrativamente. Entonces, ¿cómo reseñar lo puramente original? Sabemos que la novela se publicó por primera vez en Varsovia, en idioma polaco, en octubre de 1937. Desde aquella fecha hasta el hoy —año 2019— han transcurrido 82 años y la novela se mantiene rodeada de un aura endemoniada de rareza: la originalidad no es una cuestión de temporalidad. Dicho esto, reflexionaré sobre cómo, al releer esta novela, mi conciencia literaria ha buscado horizontes que buscan la originalidad antes que otra virtud; si bien es cierto que estamos rodeados de buena literatura, la literatura realmente original es escasa.

Primero, la traducción de este libro al idioma español es ya también mítica. Gombrowicz llegaría circunstancialmente a la Argentina en 1939 y no regresaría a Polonia hasta 1963, debido a que la guerra azotaba su país, salvándose por casualidad en Sudamérica. Con el Ferdydurke publicado en polaco, Gombrowicz —quien poseía un muy primitivo, casi nulo, español— frecuentaba en el Café Rex a un grupo de ajedrecistas y de escritores jóvenes sumamente esperanzados con el genio del polaco, entre los cuales se hallaban los talentosos cubanos Virgilio Piñera y Humberto Rodríguez Tomeu: ambos obviamente desconocedores del idioma polaco. Así, traducir Ferdydurke fue una re-creación surrealista total de la novela original; traducción que, desde luego, con el paso de los años, Gombrowicz aprobaría: “sólo de lejos se parece al texto original. El lenguaje de Ferdydurke ofrece dificultades muy grandes para el traductor. Yo no domino bastante el castellano. Ni siquiera existe un vocabulario castellano-polaco. En estas condiciones la tarea resultó tan ardua como, digamos, oscura, y fue llevada a cabo a ciegas —sólo gracias a la noble y eficaz ayuda de varios hijos de este continente, conmovidos por la parálisis idiomática de un pobre extranjero”, escribió Gombrowicz en el prólogo para la primera edición castellana de 1947.

No está de más enfatizar: el arte, la literatura e incluso las traducciones mismas se nutren de potencia y vida gracias a los actos de la amistad.

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Ferdydurke se ha ganado y posee ya un consolidado mito de origen; sin embargo, ¿qué es lo que hace de esta novela algo realmente inclasificable y original? La respuesta gira en su deformación esquizofrénica del mundo. La trama, en apariencia simple, trata de Pepe, un treintañero delirante, sumido en la inmadurez, un jovenzuelo que pretendía escribir algo, cuando de pronto es raptado en su habitación por el doctor profesor Pimko, quien lo interna en un colegio cuyos estudiantes se desquician ante las disputas, pues confrontan sin descanso los ideales de la verde adolescencia contra los de la muchachez o juventud madura. Ferdydurke es la novela-manual de la perfecta inmadurez, donde fondo y forma juguetean y distorsionan la realidad hasta lo absurdo e infantil. Pepe, guiado por Pimko, es arrastrado luego a su nuevo hogar, una casa donde los valores de la modernidad desinteresada se sintetizan en los Juventones, una familia donde los padres y los muslos juveniles y modernos de la hija enloquecen a todos, incluso a Pimko y al más moderno de los modernos. Pepe huye del modernísimo lugar sólo con Polilla, un ensoñado campirano y amigo del colegio, y se dirigen —desde luego— al campo: un sitio totalmente opuesto a la modernísima modernidad citadina, donde los aburguesados abofetean la facha, el rostro, de todo peón libre, pisoteando cualquier muestra de libertad, de ignorancia y de inocencia pura. Pepe, enajenado, se deja arrastrar, sin protestar, por los flujos que se le infligen, ¿por qué se deja llevar sin reproche por los ritmos de vida que otros le imponen? Para Gombrowicz, no queda más que huir de toda imposición ideológica que el mundo impone sobre nosotros, huir con esquizofrenia, modificando hasta el grotesco delirio toda realidad posible. Quizá sólo así, autoinduciéndose un frenesí, sea posible zafarse del mundo. La pregunta central de la novela es: ¿cómo es posible entrar con virtud en un estado puro de libre frenesí para librarse de la opresión?

Gombrowicz, en su novela, nos muestra que un frenesí inducido lúcidamente, una esquizofrenia virtuosa, puede dirigirnos a la plena autenticidad sólo cuando las más particulares y desarticuladas apetencias humanas entran en armonía con los deseos profundos de la vida. Desear la vitalidad es desear con un delirio solemne. En Ferdydurke, la autenticidad de lo humano, la única fuga posible ante toda imposición idiota, radica en la armonía con lo inferior y lo superior: Pepe podrá huir y vencer su “nopodermiento” —neologismo surgido de la traducción— al armonizar la idea de lo inferior, correspondiente al peón ignorante, con la idea de lo superior docto y lo moderno estúpido propios del profesor Pimko y los Juventones. Así, la obra de Gombrowicz es una invitación para alejarnos del ridículo esnobismo que azota nuestra época, nos invita a conocer nuestro auténtico estilo para dotarlo de un poder minúsculo y a la vez magnánimo, juguetón y formal, otorgándonos así un carácter vivo, personal y de verdad libre; tal como en el cuento “Filifor forrado de niño” que se encuentra a mitad de la novela.

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Querido lector, ¿quieres un reto? Te invito a poner a prueba tu mente y tu idea de la realidad con la rica obra de Witold Gombrowicz. ¿Te da miedo el delirio? Te aseguro que, cuando entres, será difícil salir; tal como le ocurre a cientos de argentinos que incluso lanzaron una revista de ejemplar único llamada Witolda, la cual cuenta con la participación de grandes escritores y traductores que escriben sus experiencias al leer a Gombrowicz. Revista hecha en un inicio para financiar un congreso que ahora se organiza cada cierto tiempo, el Congreso Gombrowicz, donde cientos de lectores festejan la delirante obra de uno de los mejores estilistas de la literatura europea y latinoamericana.


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