Escribir para ser otro: «La literatura y la vida» de Gilles Deleuze

Por Giovanny Ariel Rodríguez Cisneros

Las motivaciones de un escritor para crear una obra pueden ser diversas, múltiples, una serie de concatenaciones que responden a causas que van más allá de la simple intimidad del escritor: escribir, en tanto que narrar, es descifrar y, a la vez, postular un universo extraviado, crear en las carencias de la realidad un cosmos faltante. El filósofo francés Gilles Deleuze (1925-1995), ejerciendo la crítica literaria, reflexiona en el bello ensayo “La literatura y la vida” acerca de lo que motiva a un escritor a arrojarse al proceso de creación literaria. Para Deleuze, la escritura es un proceso, un sendero que modifica definitivamente a quien lo recorre, una mutación donde el escritor y la lengua misma cambian y gradualmente se vuelven diferentes, un tercero, devienen-otro.

“La escritura es inseparable del devenir”, menciona Deleuze, ¿a qué se refiere? A que se escribe para ser otro, para fugarse del hastío de ser siempre lo mismo, para librarse del asco y malestar que provoca estar sujeto siempre a las mismas estructuras de la vida. La literatura y la escritura son así una fuga que nos libran de ser lo que somos: “Se escribe por la vergüenza de ser hombre”; ¿existe un argumento más poderoso que éste? ¿Para qué escribir si no es para huir de uno mismo y quizá devenir-otro? Kafka, por ejemplo, deviene-animal, un grotesco insecto; Cervantes deviene-delirante en su Quijote; Faulkner deviene-fragmento en El ruido y la furia; Bashō deviene-imperceptible en sus haikús, etc. La escritura es una huída.

Escribir con amor literario es expresar la potencia de nuestra singularidad; no es contar recuerdos, viajes ni amores cursis, es separarse de lo trivial, es otorgarle la palabra a una persona opuesta que nace en nuestro interior, que nos aleja de nuestro Yo. La literatura nace cuando las visiones de un tercero interior se fabulan, es decir, cuando, mediante una lengua, el escritor percibe, registra y expresa los flujos de las visiones que en apariencia son ajenas a nosotros y que, sin embargo, brotan desde nosotros mismos.

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Para Deleuze, además, escribir es un proceso curativo, donde el escritor deviene médico, “médico de sí mismo y del mundo”, menciona. ¿Por qué la música, la pintura, la literatura, la escultura y demás, pueden considerarse terapéuticas? Porque, a partir de sus modos originales de concebir el mundo, es posible alejarnos de nosotros mismos. El arte es más bien medicina, pero no sólo eso, es también el gran anunciador, vaticinador de lo que vendrá, de lo que aún no tenemos pero podría ser con alegría: la literatura, en tanto que arte, consiste en crear un “pueblo que falta” —tal como lo llama Deleuze—, una población recuperada, una colectividad libre, un pueblo menor revolucionario y delirante, sin ley ni forma definidos ni impuestos por poder exterior alguno, cuya expresión posible sólo se encuentra a través del escritor. El escritor es así un oráculo que augura el pueblo que vendrá. De modo que la literatura resiste toda forma de dominación enfermiza. “Objetivo último de la literatura: poner de manifiesto en el delirio esta creación de una salud, o esta invención de un pueblo, es decir una posibilidad de vida. Escribir por ese pueblo que falta”, escribe Deleuze.

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Así, como la literatura escapa de los sistemas dominantes, lo mismo ocurre con la lengua. El delirio de la escritura crea un escape, una fuga, un lenguaje menor, distinto, un estilo capaz de librarse de la lengua mayor autoritaria. Ejemplos son los poetas, que, a pesar de escribir en una lengua dada, su escritura da la impresión de estar escrita en una lengua extranjera, no familiar. La escritura literaria desestructura la lengua materna y crea una lengua singular dentro de la lengua misma; lleva el lenguaje mayor al límite. Apropiarse de una escritura es obtener una lengua desviada, es dotar de vida a los aspectos externos del lenguaje.

Deleuze, en el maravilloso y breve ensayo que puede encontrarse en el libro Crítica y clínica, da motivos cargados de potencia para escribir y contribuir con amor al arte literario. Si bien muy pocos pueden considerarse escritores, Deleuze define las guías que la escritura debe considerar para ser catalogada como arte. Y tú, querido lector, ¿en qué te conviertes cuando escribes?


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