Entre el oído de Mozart y la mirada Bergman, el asombro maravillado de un niño.

Por Demetrio Vite

Se acercan las vacaciones de verano y como cada año llega el momento en que los niños en casa permanecen. Temporada en que los objetos del hogar participan del ánimo de los hombres, así como los cansados ojos de los adultos, así las cosas parecen descansar por las noches, pues saben que con el primer rayo de luz en la mañana el encantamiento comienza. Apenas los pequeños párpados se despegan, los objetos pronto adquieren movimiento. Con qué feliz alegría una taza se rompe. Graciosamente vuela la pequeña estatuilla de porcelana escapando de tiernos dedos, mismos que la arrancaron de la inmisericorde esclavitud de la inacción. Una risa incontenible escapa de la boca que intenta encubrirse entre pequeñas manos. El espíritu festivo transforma el mundo ordenado de la casa en un mundo regido por el azar de la imaginación. Mundo destructivo para los padres. Mundo creativo para los niños. 

Entonces, para contener las potencias del caos, los adultos disponen de un mágico dispositivo digital. Un negro rectángulo engendrador de un sinnúmero de imágenes de colores brillantes. Santo remedio.  Mas, ¿Qué imágenes, qué sonidos, qué palabras se le presentan a los ojos de un niño? En mis tiempos no había mucha opción. Recuerdo las mañanas viendo ‘Los caballeros del zodiaco’ o ‘Patoaventuras’, pero con las posibilidades casi ilimitadas que nos brinda internet, la pregunta inquieta hace acto de presencia: ¿Qué me gustaría haber visto cuando niño? es más ¿Qué es lo último que he disfrutado con el corazón de niño?

Y resoluto me digo a mí mismo: ‘La flauta mágica’.

Me refiero a la ópera alemana compuesta por Mozart, que fue estrenada en Viena en septiembre de 1791, apenas unos cuantos meses antes de que falleciera a la edad de 35 años. 

Pero, querido lector, no quiero perderle entre datos, pues ya le imagino arqueando la ceja, ¿una ópera… para niños? Si usted es padre de familia, tal vez piense en la frase ‘se ve que no conoce a mis hijos’; o su juicio puede ser más inclemente al formularlo de forma más universal con la frase ‘se ve que no conoce a los niños’. Seguramente tenga razón en la primera afirmación, pero en cuanto a la segunda le pido el beneficio de la duda. 

Y es que mire usted: Si le pregunta a un niño si quiere presenciar una historia llena de música, en la que aparezcan gigantescos dragones, príncipes y princesas, oscuras damas con poderes mágicos, niños voladores, un personaje con vestimenta similar a Peter Pan pero que en realidad es un gracioso pajarero, una terrible reina de la noche; probablemente responderá que sí con cierta curiosidad.Querido lector, si le he convencido debo advertirle que existen innumerables versiones de ‘La flautamágica’, pero la que alcanza al mundo de los niños sin lugar a dudas es la versión de 1975 del célebre cineasta Ingmar Bergman.

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La película inicia entre los árboles de un campo europeo. El cantar de los pájaros antecede a la música. Las primeras notas acompañan la silueta de una escultura griega. De inmediato, la escena cambia, entonces observamos el primer plano de una niña mirando el escenario, con ello Bergman nos revela su objetivo: maravillar los ojos de un niño.

La música se despierta con el encanto y brillo singular del genio de Mozart, al ritmo de ella, rostros de todas las edades se presentan. Las arrugas, las canas, las barbas, los anteojos, etc., no evitan que veamos un brillo en las miradas semejante al de la niña que abre la escena. Ante ‘La flauta mágica’ ¿no somos todos pequeños niños que presencian la creación de un mundo mágico?

Termina la obertura. El telón se abre. Inicia el primer acto. Una tormenta acontece. La música agitada inquieta nuestro ánimo. Un enorme dragón persigue al príncipe que angustiado pide ayuda a los dioses. De pronto, entre las negras nubes tres mujeres aparecen empuñando los tridentes que fulminan a la bestia. Las escenas características de Bergman se presentan, en las que el tacto, la piel, las manos adquieren protagonismo.

La trama se relaja cuando el singular Papageno se apresta para salir en escena. Escuchamos su característico leitmotiv. El carisma de Håkan Hagegård nos hará sonreír durante horas. En cuanto se reúna con el príncipe Tamino, las tres damas vuelven para presentar al príncipe la imagen de la hermosa Pamina. Entonces en medio del inmenso cielo estrellado, la Reina de la Noche desciende y cual Deméter en busca de su Perséfone, suplica a Tamino rescate a su hija, la princesa Pamina, de las manos del enigmático Sarastro. Para lograrlo otorga a Papageno una cajita musical; al joven príncipe, la maravillosa flauta mágica. Y hasta aquí nuestra pequeña descripción de la primera media hora la obra. 

Acaso debemos advertir antes de retirarnos, que no por considerar en esta columna a La flauta mágica como una obra para ser vista y escuchada por niños, con esto quede reducida a una simplicidad que nos dispense de prestarle atención. Semejante juicio jamás encajaría para la obra de un genio como es Mozart. Ya ha sido señalado que fue una de sus últimas obras, con lo que ya es bastante para asegurar su insondable profundidad. Por otro lado, es manifiesto que la obra rebosa de alegorías masónicas. Dejamos al lector medite el sentido que tienen las pruebas, los caminos, los enemigos, los personajes, la música, en la ópera de Mozart. 

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Dejo el link de La flauta mágica subtitulada al inglés. Con un poco de paciencia y cierta habilidad en internet puede encontrarse la descarga subtitulada al español.

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Querido lector, no dejes de hacernos saber tu opinión. ¿Les pusiste a tus hijos, sobrinos, nietos el tráiler o la ópera? ¿Les gustó? (Si la respuesta es negativa, sin duda algo estás haciendo mal – ¡por dios, es Mozart! -) ¿Qué personaje les llamó la atención? Y aún más ¿existe algo en común entre un niño y un artista?


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