¿Puede el cine salvarnos de nosotros mismos?

Por Julia Muñoz

Hay dos películas de Woody Allen que fueron particularmente importantes para mí mientras crecía. La primera es Hannah y sus hermanas. La segunda, La Rosa Púrpura del Cairo. Ambas me enseñaron cómo el cine podía salvarnos de nosotros mismos pero también me advirtieron que hay ocasiones en las que, con todo y cine,  no tenemos remedio. Como creo que es una experiencia que todo cinéfilo ha vivido, pensé que podía ser un buen tema para mi primer nota ya propiamente sobre cine, en esta nueva página de CineAutopsias.

Como saben, en Hannah y sus hermanas, Woody Allen interpreta a Woody Allen, bajo el personaje de Mickey. Es decir, un neurótico insatisfecho, con dudas existenciales, incapaz de sentirse contento con la vida que tiene. Un buen día decide suicidarse. En su casa tenía una escopeta, y aunque es bastante torpe en su manejo del arma, él se apunta a la cabeza, cierra los ojos y dispara. Por su misma incapacidad de hacer bien cualquier cosa que se proponga, el personaje de Mickey falla en su propósito. Pero el sonido del disparo ha alertado a los vecinos y por nervios, Mickey decide salir corriendo de su departamento y caminar un poco para calmarse. Sin darse mucha cuenta de cómo llegó ahí, Mickey entra a un cine y se sienta a ver una película de los hermanos Marx. Ahora bien, no sé si ustedes han visto alguna película de los hermanos Marx, pero si lo han hecho, sabrán que no hay un mayor desbordamiento de vitalidad, ingenio y alegría. Con un ritmo vertiginoso que es difícil de seguir, los hermanos Marx pasan del humor corporal, a chistes que se vuelven graciosos por reiteración, hasta diálogos increíblemente complejos.

Y es así como los hermanos Marx le recuerdan a Mickey que hay cosas por las que vale la pena vivir. Más concretamente, que la vida vale la pena mientras tengamos películas de los hermanos Marx. Mientras tengamos el cine, vale la pena vivir. Este aprendizaje se me quedó grabado en el corazón desde que vi Hannah y sus hermanas por primera vez, supongo que es porque ya había vivido lo que le ocurre a Mickey ese día en el cine, pero no había tenido las palabras para saber que ya me había pasado, y varias veces. Tan solo como ejemplo, cuando vi Los Royal Tenenbaum a los 14 años me sentí más comprendida que nunca. En una edad en donde casi todos nos sentimos incomprendidos, aislados y fuera de lugar, esa película me hizo sentir mucho menos sola. Sentí que había sido hecha para mí. Para decirme que todo estaría bien, incluso si el sentimiento de no pertenecer a ningún lado permanecía conmigo.

Pero así como el cine tiene el poder de salvarnos a nosotros mismos, de comprendernos y acompañarnos, también debo decir que a veces nuestras patologías estarán más allá de cualquier salvación. Y este es el caso de Cecilia, la protagonista de La Rosa Púrpura del Cairo interpretada por Mia Farrow. Cecilia constantemente se refugia en el cine como el único lugar donde puede sentirse feliz lejos de su esposo abusivo y maltratador. Cecilia sabe que puede permitirse ser feliz, aunque sea por un par de horas, cada vez que va al cine. Es tanta su felicidad que ve una y otra vez la misma película llamada, por supuesto, «La rosa púrpura del Cairo». Esto llama la atención del protagonista de esa película, Tom Baxter. Él, desde la película, se da cuenta de esta chica que prácticamente vive en la sala del cine y siente tanta curiosidad que decide salir de la pantalla para ir a conocerla. Ambos se enamoran, él le dice que pueden ser felices juntos, en la película o en la vida real. Es como un sueño hecho realidad. Pero claro, los dueños de los estudios hollywoodenses están preocupados de que los personajes puedan abandonar así nada más sus películas. Eso sería la ruina de su negocio. Por ello mandan al actor que interpreta a Tom Baxter, Gil Shepherd a convencer a su propia creación de que regrese a donde pertenece. Tom nunca abandonaría a Cecilia, así que Gil decide engañar a Cecilia haciéndole creer que él también está enamorado de ella. Y aquí es cuando digo que a veces nuestras patologías no tienen remedio. Cecilia cree en la mentira antes que en el cine, y abandona a Tom diciéndole que él pertenece a la película y ella a la vida real. Y por supuesto, es la vida real. Gil la abandona, y Cecilia regresa con su esposo. Todo parece perdido pero en el cine ahora proyectan una película nueva, Cecilia va a verla, y nos quedamos con ella viendo cómo Fred Astaire y Ginger Rogers bailan mientras Fred canta Cheek to cheek. La realidad muchas veces es terrible, y en otras somos nosotros los que no tenemos remedio. Pero el cine se queda con nosotros, incluso en esos momentos.


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