Dios escribe en la naturaleza: «La escritura del dios» de Jorge Luis Borges

Por Giovanny Ariel Rodríguez Cisneros

Supongamos, más allá de si es verdad o no, que existe una entidad superior, una esencia de la que nosotros no somos más que una ínfima derivación, un dios o diosa de quien depende toda la realidad. Imaginemos que de esta deidad dependen las características más mínimas de la materia y aun lo más íntimo de nosotros: nuestra libertad, el amor, nuestro cuerpo, la esperanza, el futuro, el pasado, el espacio, la mente, las imágenes del presente y nuestra palabras. Pensemos, pues, que un espíritu divino se halla detrás de cada uno de estos aspectos, los cuales no se sabe si controla con toda su potencia o simplemente los deja a su suerte, con la arbitrariedad que una madre deja a sus hijos jugar en un campo enorme lleno de espesa vida verde. Consideremos, ahora, que esta entidad superior está en algún sitio, algún lugar demasiado lejano, mostrándonos el mundo que ha creado y que hoy sostiene por ella misma, que nos habla en una lengua que no conocemos, un lenguaje de palabras mínimas que, por muy pequeñas y simples que sean, son, sin embargo, incomprensibles para nosotros, pues engloban, a pesar de su simpleza, todo lo que ha sido, lo que existe y aún será: toda la realidad posible.

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Nosotros, simples humanos, considerando todo esto, no tendríamos más que preguntarnos ¿por qué no entendemos el modo en que este dios se comunica con nosotros?, ¿no lo hemos aún comprendido por ser demasiado imperfectos?, ¿si sólo escuchamos los balbuceos de algo superior, podríamos rastrear desde dónde nos está intentando hablar?, ¿dónde se encuentra eso que llamamos dios?, ¿acaso se esconde de nosotros?, ¿qué sucedería si la única posibilidad que tengo para vivir es encontrar un rastro del mensaje indescifrable de este espíritu?

Supongamos, por una última vez, que un mago llamado Tzinacán se encuentra en la situación planteada en la pregunta final: que su vida y libertad dependen de hallar las palabras del dios, al cual rendía culto en la pirámide de Qaholom, divinidad con la que intentaba comunicarse; palabras que al ser pronunciadas por un mortal, le darían un poder absoluto, una potencia capaz de derrocar incluso al español Pedro de Alvarado y al ejército conquistador que sometiera, en una prisión oscura y circular, junto a un jaguar, al mago Tzinacán.

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Jorge Luis Borges (1889-1986), en el cuento breve “La escritura del dios”, publicado en su libro El Aleph (1949), nos muestra cómo las palabras lejanas de un espíritu superior podrían ser la salvación de un pobre místico que se dirige, con lentitud, hacia la muerte. ¿Será capaz de encontrar las palabras que lo liberen?, ¿dónde hallará los signos del dios que le otorguen un poder infinito?, ¿logrará salvarse? Y tú, querido lector, cuéntame, pues me gustaría leerte, ¿dónde encuentras las palabras divinas que te dan poder y libertad para seguir viviendo?


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