Butes: pasión por la música inaudita

Por Demetrio Vite

—[I]—

Antes de comenzar la lectura de este texto inicie la reproducción de la obra de Philip Glass: Wichita Vortex Sutra:

—[II]—

<<Butes nada con fuerza, hasta tal punto su corazón arde por escuchar>>1

1 Este artículo sigue el maravilloso libro de Pascal Quignard “Butes”, editado por Sexto Piso. La cita corresponde a la página 11.

Apolonio de Rodas escribió en el siglo II antes de nuestra era las Argonáuticas. En los cantos relata las aventuras de Jasón y sus compañeros en pos del vellocino dorado. El viaje temporalmente está situado mucho antes de los acontecimientos en Troya: Ni el sol brillaba en la espada de Aquiles, ni el mar era desgarrado por el barco de Odiseo. En total fueron más de 50 héroes los que albergó la nave Argos, entre ellos destacan Heracles, Linceo, Orfeo… y Butes.

Durante el viaje, la fortuna dispuso que la embarcación pasará cerca de la isla de las Sirenas. Estas mujeres-ave (esa fue su primera representación) seducían con su canto a los navegantes. Su melodía era tan poderosa que nadie que las escuchara podía resistirlas. Ante tal emergencia, nos refiere Apolonio, Orfeo, el músico-poeta, se alzó, plantó con firmeza los pies en el barco, sosteniendo en brazos su arpa, produjo un contra-canto tan estridente que la voz de las sirenas quedó oscurecida.

Imaginemos la escena: Una nave en medio de un mar inmenso. El sol chispeante. El calor se expresa en los cuerpos que sudan grandes gotas saladas. Rostros semiocultos por pegajosos cabellos observan sombras sobrevolar lejanamente sus cabezas. Majestuosas aves negras con las alas desplegadas cantan deliciosas melodías que recuerdan a la voz de sus esposas. Sonrisas aparecen, pero son interrumpidas de inmediato por la infeliz advertencia: prestarles atención acarrea funestas consecuencias. Orfeo canta para detener al oído lleno de inquietud.

Solo Butes decide escucharlas. Él conoce el canto de Orfeo y sabe de sus límites. Es consciente que perderá la vida por oír la música de las sirenas. Pero tiene la oportunidad de atender a la melodía originaria: el canto de la naturaleza revelado en divinas voces.

Entonces sin dudarlo Butes se arroja de la nave Argos y nada con dirección a la Isla de las Sirenas.

En cada brazada se revela la pasión por la escucha de una música inaudita. Cada instante más cerca de la muerte. Helios, el dios-sol, le observa. Desde su perspectiva solo ve un pequeño punto que intentar romper el mar en su paso. Piensa en la insensatez del hombre y dirige su mirada a otra parte. En cambio, nosotros le seguimos. Vemos en su ceño su determinación, su anhelo. Las sirenas cantan más fuerte, le rodean, Butes está pronto a ser devorado. Sus brazos no tiemblan, sus piernas siguen impulsándole. Verdadero prodigio: una llama atraviesa las aguas. Lo mueve la más alta aspiración: alcanzar la tierra de la música sagrada.

Entonces cuando la muerte estaba a punto de rasgar la piel de su espalda, Afrodita le salva en sus brazos.

—[III]—

Hasta este momento usted, querido lector, se puede preguntar con total derecho: ¿a qué viene tanta narración en una columna que se supone es sobre música?

En el mejor de los casos le imagino suspicaz; en el peor, he perdido su total atención y ya busca hacer click en otra cosa. Le pido que espere un poco, si abre aquel meme de gatito entonces le habré perdido.

Ante su pregunta, mi muy estimado lector, respondo que esta primera entrada funciona más bien como una ‘Declaración de Principios’. Es sabido de la existencia de letreros de advertencia tanto en la Academia platónica como en el Infierno dantesco, ¿por qué no emular a los grandes? Mi letrero:

Arrojarse a la música. Saltar en ella con pasión infinita.

Imitación de Butes.


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1 pensamiento sobre “Butes: pasión por la música inaudita”

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